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viernes, 5 de septiembre de 2008

NO TE OLVIDES DE LO PRINCIPAL

Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net



Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos pasaba delante de una caverna y escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía: "Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que, después de que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por tanto, aprovecha la oportunidad, pero te repito: no olvides lo principal."

La mujer entró en la caverna y vio que estaba llena de inmensas riquezas. Fascinada por el oro y las joyas, que con seguridad la sacarían de su sufrida pobreza, dejó al niño en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía caber en su raído delantal.

La voz misteriosa habló nuevamente: "Te queda sólo un minuto." Agotado ese tiempo, la mujer cargada de oro y piedras preciosas corrió hacía fuera y la puerta se cerró. Recordó entonces que el niño había quedado dentro y la puerta se había cerrado para siempre. La riqueza duró poco, pero la tristeza se quedó para siempre en su alma.

El relato es sencillo, pero su enseñanza puede ser aprovechable. Porque, aunque todos solemos tener principios claros, es fácil que luego, con demasiada frecuencia, nos ocurra algo parecido a lo que sucedió a aquella pobre mujer. Tenemos quizá todavía muchos años de vida por delante, y aunque a veces una voz interior nos lo advierte, hay cosas importantes que solemos dejar siempre para después, porque hay otras que nos absorben o nos distraen de tal modo que, a la hora de la verdad diaria de la vida, nos hacen olvidar lo principal.

El descuido habitual de la vida familiar, o de detalles que afectan a nuestra salud o a la salud de nuestro espíritu, o a la necesaria dedicación a nuestros deberes profesionales o sociales, son posibles ejemplos. Suelen ser pequeñas cosas, que se presentan quizá como tareas que no acucian a corto plazo, pero que, con el tiempo, encontramos que nos han llevado a donde no queríamos ir. Nos cuesta advertir que descuidamos lo más grande que tenemos: nuestra honestidad, nuestra familia, la vocación a la que nos sentimos llamados, nuestros deseos de ayudar a los demás. Y como son realidades con las que convivimos cada día, no advertimos que son precisamente lo que vertebra y da sentido a nuestra vida, y que perderlo es una verdadera tragedia.

Encontrarse un día con que carecemos de cultura, o que hemos abandonado la práctica religiosa por simple dejadez, o que hemos dilapidado tontamente el cariño de nuestro marido o nuestra mujer, son cosas tristes que hemos de ver venir antes de que nos envuelvan y nos enreden. Quizá, por ejemplo, parece que tener un hijo más es una carga, pero luego, pasados los años, se ve de otra manera. O cuesta advertir que empeñarse en alcanzar determinado logro profesional a costa de la familia, de la honradez o de la lealtad, es algo que no merece la pena.

Vistas sin la necesaria profundidad, las cosas importantes pueden parecernos a veces insulsas y prosaicas, o hasta ridículas, pero dedicarles la energía y el tiempo necesarios es la mejor inversión de toda una vida, un esfuerzo que transforma a las personas y las engrandece. Por eso es preciso levantar la mirada hacia el largo plazo de las consecuencias de nuestras decisiones.

Y en todo caso, como al final tomamos siempre algunas decisiones equivocadas, que el tiempo se encarga de hacernos ver de forma meridiana, también es importante en esos momentos centrarse en lo importante: asumir esos errores y no horadar en ellos, rectificar en lo posible, sacar experiencia y no echar las culpas a los demás.

martes, 5 de agosto de 2008

¿CUANTO CUESTA UN MILAGRO?


Con dedicatoria especial a quienes ayudan a hacer milagros y a quienes se han beneficiado por ellos.

Una pequeña niña fue a su habitación y sacó un frasco que estaba escondido en su closet. Esparció su contenido en el suelo contó con cuidado. Tres veces, incluso. El total fue contado a la perfección. No había cabida a errores.

Con cuidado regresó las monedas al frasco y cerrando la tapadera, salió sigilosamente por la puerta trasera y caminó 6 cuadras hasta la Farmacia de Rexall, que tenía un gran signo de jefe indio sobre la puerta.

Ella esperó pacientemente a que el farmacéutico le prestara atención, pero estaba muy ocupado por el momento. Tere movió sus pies para que rechinaran sus zapatos. Nada. Se aclaró la garganta lo mas fuerte que pudo. No sirvió de nada, finalmente tomó 25 centavos del frasco y tocó en el mostrador de cristal. ¡Con eso fue suficiente!


-"Y que es lo que quieres?" le preguntó el farmacéutico con tono de disgusto en la voz. "Estoy hablando con mi hermano que viene de Chicago no he visto en años"

-"Bueno" -dijo la niña-"quiero hablar contigo acerca de mi hermano" -Tere le contestó con el mismo tono de impaciencia "El está realmente muy, muy enfermo . . . y quiero comprar un milagro"

-"Perdón ?"-dijo el farmacéutico.

-"Su nombre es Andrés y algo malo ha estado creciendo en su cabeza y mi papi dice que solo un milagro puede salvarlo. Ahora dime, ¿cuánto cuesta un milagro?"

-"Nosotros no vendemos milagros aquí, chiquita.Lo siento pero no puedo ayudarte" -dijo el farmacéutico, con voz suave.

-"Oye, tengo dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré lo que falte. Sólo dime cuanto cuesta"


El hermano del farmacéutico que era un hombre muy bien vestido, intervino y le preguntó a la niñita, "Que clase de milagro necesita tu hermano?''

-"No sé", replicó Tere, con los ojos muy abiertos. "Yo solo se que está muy enfermo y mi mami dice que necesita una operación. Pero mi papi no puede pagarla, por eso quiero usar mi dinero''

-"Cuánto tienes?" -le preguntó el hombre de Chicago
-"Un dólar con once centavos" -contestó Tere, apenas audible -"
Y ese es todo el dinero
que tengo, pero puedo conseguir mas si es necesrio''

-"Bueno, que coincidencia", sonrió el hombre. -"Un dólar y once centavos el precio exacto de un milagro para los hermanitos".

El tomó el dinero en sus manos y con la otra sostuvo su manita enguantada y dijo -"Lleváme a donde vives. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres.Veamos si tengo el milagro que necesitas".

Ese hombre bien vestido era el Dr. Carlton Armstrong, un cirujano especializado en neuro-cirujía.

La operación fue completamente gratis y sin cargo alguno por su estancia en el hospital, hasta que Andrés regreso sano a casa.

Mami y papi comentaron felices de la cadena de eventos que les trajo a todo esto.

-"Esa cirugía", susurraba su madre, "fue un milagro real. Ya me imagino cuanto podría costar?"

Tere sonrió. Ella sabía exactamente cuanto cuesta un milagro. . . un dólar con once centavos mas la fe de una chiquilla.

En nuestras vidas nunca sabemos cuantos milagros vamos a necesitar.


Un milagro no es la suspención de una ley natural sino la implementación de una ley superior.

miércoles, 21 de mayo de 2008

UN ADELANTO DEL CIELO

Martha Morales
Anecdonet

Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano. Cuando llegamos a Nairobi (Kenya) nos preguntábamos cómo nosotros, inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizá arreglando tejados..., pero no teníamos experiencia en construcción.

Quizá pintando un colegio... pero no sabíamos de pintura. Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar: tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un alojamiento para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad en Nairobi.

Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles, con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría. Yo me quedé bloqueado, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se esparcieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas, que requerían su asistencia.

Una hermana me preguntó en inglés:
— ¿Has venido a mirar o quieres ayudar?
Sorprendido por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbucié:
— A ayudar...
— ¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?
Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza.
— Sí, ése (le dije señalándolo).
— Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer. Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.
— Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas...
— No entiendo... –me excusé
— Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera... –Y me dejó con el niño.
Le canté, lo besé, lo arrullé... dejó de llorar, me sonrió, se durmió...
Al cabo de un rato busqué llorando a la hermana:
— Hermana: no respira...
La monja certificó su muerte:
— Ha muerto en tus brazos... Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.

Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigos...: mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida.

Ahora sé que todos tenemos "kenyas" a nuestro alrededor para dar amor cada día.